EL año concluye con los Estados Unidos ocupando el centro de la
escena internacional. Este rol hegemónico, que ninguna otra nación o grupo de países
puede todavía disputar, poco tiene que ver con antiguas experiencias imperiales.
En 1973, Raymond Aron publicó un libro sobre los Estados Unidos
en la política mundial. Lo llamó -hallazgo sin duda admirable- La república
imperial. Aron describió así una contradicción que no pudo resolver la Roma
clásica: una forma de gobierno republicana que, además, ejercía imperium sobre
gran parte del mundo entonces conocido. Hace veinticinco años, la Unión Soviética
contenía ese imperium. Hoy, como es sabido, esa restricción no existe más; no
obstante, permanece intacta la otra parte de la ecuación. La república norteamericana ha
entrado en su tercer siglo de vida con un impulso arrebatador de pasiones y razones que no
decrece.
Este cuadro refleja una teoría conocida: por más arraigo que
tenga en el suelo de la legitimidad, la república es siempre turbulenta. En estos días.
una combinación de puritanismo, por momentos exasperante (como trasunta el discurso del
representante republicano Robert Livingston pidiendo perdón a su esposa por sus
infidelidades), con el desequilibrio entre un presidente con niveles altísimos de
popularidad y un Congreso donde la oposición tiene mayoría. ha mostrado sin tapujos que
la república, amén de estar fundada en razones es un régimen que da rienda suelta a
las pasiones políticas. Pasiones sobran: las elementales del presidente en la la
trastienda de su despacho, con su secuela de maniobras y mentiras, que dieron pábulo a
las de la oposición republicana para voltearlo de la primera magistratura con un juicio
político.
Es posible que esta iniciativa no prospere, lo que si, en cambio.
despierta prevenciones es la circunstancia de que, en ese contexto(o quizá sacando
partido de él), el presidente haya ordenado el ataque misilistico a lrak. Motivos para
ello y amenazas previas con fecha de vencimiento no faltaron. Saddam Hussein es un
peligroso dictador fundamentalista que no aceptó lo pactado con las Naciones Unidas. Sin
embargo, por más revelador que sea, este hecho no conforma el eje principal de la
discusión internacional. Porque, en definitiva, ¿que clase de imperium ejercen
los Estados Unidos sobre el mundo? Desde que se constituyó la experiencia histórica del
Imperio, de Roma a la Unión Soviética, esta estructura de poder se forjó merced a una
extensa implantación territorial. Roma no sólo movilizó las legiones e instauró la
lex; también el Imperio trazó una compleja red de ciudades conectadas por caminos y
servidas por acueductos.
La república imperial norteamericana no tiene imperium
territorial: controla el poder desde el aire, a distancia, y expande sobre el planeta la
colosal inventiva de su sociedad civil. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos
habían desplegado tropas en determinadas zonas. Ahora gobiernan la guerra tecnológica:
una guerra para ellos aséptica y selectiva que no debe causar víctimas en sus propias
filas y tan sólo las necesarias en las contrarias (lo cual no la hace menos injusta). Por
ahora, esta guerra tiene un efecto paradójico: en lugar de eliminar al enemigo, porque en
rigor no hay control del territorio, pretende someterlo por la fuerza a ese imperium
escrito en ninguna regla internacional (reglas que, en este caso, brillaron por su
ausencia). La otra cara de esta explosión tecnológica son las represalias del
terrorismo, cuyos efectos pueden provocar, en ocasiones, un número mayor de víctimas.
Misiles en el aire contra bombas a ras del suelo.
¿Es éste acaso un escenario previsible para los próximos
años? En un artículo titulado "The Testing of American Foreign Policy"
(Foreign Affairs, noviembre/diciembre 1998), la secretaría de Estado Madeleine K.
Albright dividió el mundo en cuatro categorías de países: "Miembros plenos del
sistema internacional; los que están en transición, buscando participar más plenamente;
los que son demasiado débiles, pobres o empantanados en conflicto para participar de
alguna manera significativa; y aquellos que rechazan las reglas y preceptos mismos sobre
los que está basado el sistema".
Está claro que, en esa estratificación internacional, tal
cual la define el país más poderoso, no solo existen pobres y ricos, sino también
actores legítimos e ilegítimos. Según esta óptica, la legitimidad no deriva
exclusivamente de que las naciones sean democráticas o autoritarias. Proviene de que sean
previsibles, se ajusten al orden y no desafíen el imperium ejerciendo la
violencia.
China es un régimen autoritario-capitalista, que persigue a los
disidentes y hace escarnio de los derechos humanos. Ello no impide que su correcta
conducta internacional, unida al cumplimiento de los contratos de inversión extranjera,
ubique a este gigante en el primer rango de la estratificación, a la par de la Unión
Europea o de Japón. Esto no significa que los actores pertenecientes al escalón más
alto, o venidos a menos como Rusia, acepten de buen grado el estado de cosas. Pero, en el
fondo, no interesa tanto la protesta (lo hicieron, en oposición al ataque a Irak, China,
Rusia, Francia y la India) cuanto que, efectivamente, no desafíen con medios semejantes
el curso de la acción emprendida por la gran potencia.
Aunque la señora Albright no dedique a nuestra región una sola
línea en el artículo citado, la Argentina, junto con otros países de América latina,
parecería estar situada en el segundo lugar de las naciones en transición. Países
"en vías de desarrollo", países "en transición": los conceptos
califican, al paso de los años, un largo proceso, tan duradero que, a veces, el
espectador se pregunta si se trata de un estado temporario o de una condición permanente.
Tanto da por el momento.
Cuando prevalecen las relaciones del poder, lo que importa es
saber si esa configuración gozará, de aquí en más, del don de la estabilidad. En este
sentido, el balance es, sin duda, incierto, porque mientras la república imperial no
avance un paso más para establecer instituciones internacionales en campos tan vastos y
complejos como la seguridad, la globalización de la economía y los derechos humanos, el
mundo seguirá tomando nota, como afirma con franqueza A1bright, de que en "la
política exterior (...) no hay victorias permanentes".
|